miércoles, 11 de diciembre de 2019

LA CASA DE AL LADO

Por Silvia Rodríguez


Quiero abrir mi ponencia diciendo que la biografía de un escritor no necesariamente se tiene que condecir con su obra, sin embargo en Chile a juicio del investigador literario Naín Nómez esta premisa no está presente en el poeta Pablo de Rokha y sin temor a emitir un juicio errado, puedo afirmar que Adriana Bórquez Adriazola también fue consecuente en pensamiento, palabra, escritura y acción, por lo tanto, su vida y obra forman parte de un todo. 

Por lo tanto antes de presentar la novela testimonial “La casa de al lado”, es necesario conocer a su autora, mujer incansable, rebelde, luchadora, apasionada, idónea, testaruda. Mujer con múltiples pasiones como leer, bordar, pintar grandes mándalas con lápices acuarelables para dar degradación y crear nuevas tonalidades de colores. Gustaba guardar la ropa de cama y otras telas en un baúl grande y resistente como lo fue su vida, baúl que hacía evocar el camino transitado por antiguas y lejanas estaciones. Solía planchar todo, pero absolutamente todo, confeccionaba sus propias sábanas y cojines en una máquina de coser con manivela, prendas que después bordaba con punto cruz, cadeneta, de nudo y otros tantos más. Además, construyó un chalet, con sus respectivas divisiones interiores: living, dormitorio, cocina, baño, en el exterior un pequeño jardín y entrada de auto, los materiales que usó fueron palos de helado y cartulina.

Las habitaciones de su hogar reflejaban armonía y equilibrio, entrar en cada una de ellas, era visitar un planeta minimalista o ingresar a una gran casa de muñecas, y es que Adriana, en forma consciente e intencionada, quiso vivir en un mundo revestido de madera, rodeada de libros y de un jardín, testigo de sus ensoñaciones y desvelos.

La cotidianidad que llevaba en su casa de madera, de madera cálida y amable, era en silencio, a veces, aquel silencio era risueño y luminoso como su actitud ante la vida, en otras ocasiones, los viejos dolores regresaban para sumarse a los nuevos que iba adquiriendo su cuerpo y también su memoria ante el recuerdo por el flagelo vivido y por el curso que tomó la realidad nacional, una vez regresada del exilio. A pesar de todo, nunca dejó de confiar en el ser humano, su optimismo y capacidad resolutiva eran el resultado de una firme personalidad que no soportaba doble matices, para ella no existía el gris, ni las posiciones tibias, además se caracterizaba por ser poseedora de un refinado humor negro, directo y preciso, que traspasó y heredó a sus hijas.

Adriana, fue una amante del mar, tanto así que cada cierto tiempo requería en forma urgente de aquella soledad contemplativa, buscaba estar sola dentro de su propia soledad y armaba viaje con una energía sorprendente que a los 72 años la llevó a viajar nuevamente SOLA hasta Puerto Edén para estudiar la cultura de los habitantes de la Patagonia Chilena, investigación que dejó plasmada en el libro Kawéskar, Ser pensante de piel y hueso.

Como persona, fue un espíritu libre e inquieto, una madre más, preocupada en extremo de su familia, otra luchadora incansable por esclarecer la verdad y llevar a los culpables, de la justicia a la cárcel.
Como escritora, su vida literaria comenzó a los 12 años con la publicación del texto en prosa Mi calle al atardecer, en la revista Eva, durante la adolescencia continuó desarrollando su talento, con sucesivas publicaciones en el diario La Prensa de Osorno, por lo que la necesidad de escribir no surgió tan solo como una forma de entregar su testimonio ante las atrocidades que la dictadura militar cometió con ella y otras personas, cuyo único delirio, fue la búsqueda de un país libre.

La palabra, antes que Adriana fuera detenida, ya se había posesionado de su espíritu inquieto y romántico, por ello su estilo narrativo es poseedor de armónicas imágenes poéticas que se van sucediendo con velocidad y ritmo a la hora de describir lugares, situaciones y emociones como las contenidas en su última novela testimonial para dar cuenta del tiempo que estuvo en el centro de detención y tortura “La Discotéque o La venda sexy” después de haber permanecido en Colonia dignidad.

Esta vez para hablar, su cerebro se vio en la necesidad de buscar otra piel para escribir, requería distancia con el fin de ser lo más objetiva posible, fue así como, luego de buscar por mucho tiempo otra voz lírica, optó por un hablante estático que fuera testigo de todos los movimientos ocurridos en “La casa de al lado”. A pesar de encontrar la distancia necesaria, se la puede reconocer por su fluidez narrativa, empatía y por no desmenuzar con detalladas descripciones cada tortura a la que fue sometida con el fin de no re victimizarse, porque hacerlo, implicaba enlodar la causa.

Serán varias las ocasiones en las que el narrador dejará traslucir diferentes notas de su personalidad, por ejemplo, en uno de los diálogos directos sostenidos con Bill, quien era consciente y testigo que ella aún estaba reponiéndose de las palizas, rehusó huir para no inculparla y para que no la golpearan de nuevo, diciendo:

—¿Qué más da chiquita? Nuestro destino está trazado.
—¡No, Bill! No hay destino. Somos nosotros los que vamos haciendo el camino. Tú debías irte; ya estarías cobijado en la seguridad de la iglesia…
—O pudriéndome en un botadero de escombros, comido por los perros con un par de tiros en la espalda.
—Cierto. Podía ser una de las posibilidades… pero, aún existía la otra.

Queda manifiesto el fino humor negro de la narradora.
En general, nos encontramos ante un testimonio que habla sin entrar en detalles de los golpes recibidos, las descargas eléctricas, violaciones en conjunto, la desorientación, el hambre, el encierro, como también de la permanente amenaza de Volodia, el perro amaestrado por Ingrid Felicitas Olderock, para violar a personas detenidas en La venda Sexy y cuyos testimonios fueron recogidos por la periodista y diplomada en historia Nancy Guzmán en el libro “la mujer de los perros” publicado en septiembre de 2014.

Quienes soportaron torturas y tantas vejaciones no tenían tiempo para soñar porque el dolor siempre ha sido un tirano que sujeta firme los cuerpos a la realidad, por lo tanto el sueño no logra convertirse ni tener piel y se esfuma apenas concebido, porque el dolor, junto al tic tac de un reloj invisible, va clavando su aguijón, sobre los nervios del cuerpo y bajo los tendones de la memoria.

En la casa de al lado, a pesar de tantas vejaciones infringidas, de la soledad y el más profundo desamparo, queda latente a través de los personajes de La Chica y Bill, la sensibilidad humana, el sentido de fraternidad y la empatía que surge entre las personas que han sido vejadas en su integridad física y emocional.

El coraje que poseía Adriana, la llevó a defender sus ideales en forma digna al luchar contra la tiranía y la impunidad. Lucha que solo pudo detener el tiempo que lentamente se fue decantando cada vez más en su cuerpo hasta convertirla en este recuerdo vivo.

Finalmente quiero terminar con la reflexión que Adriana entrega sobre la tortura:
“Aún habiendo pasado todo esto, habiendo enfrentado el horror, la crueldad, el sadismo, esta perversión humana, yo, de todas maneras, creo en el ser humano y no quiero que vuelva a pasar. Va a pasar muchas veces, aquí y en muchas partes, está pasando ahora, pero si esto puede mover en algo la conciencia de alguien, de aquí a 100, 400, 1000 años, bien, no importa la pesadilla.”



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