viernes, 6 de marzo de 2015

Visiones naturales de Axa Lillo

PRÓLOGO
por Marcela Prado Traverso


En la región de Valparaíso hay un lugar cerca de la Cordillera de la Costa y el mar llamado Limache, cerca de allí hay una localidad rural llamada Quebrada Alvarado, hermoso y estrecho valle agrícola, acompañado de río y de claras noches. Es ese el lugar que sirve de espacio real e imaginario a la poesía de Axa Lillo, al menos en su primera parte. No conviene ir al presente libro sin nombrar su obra anterior Ojos buenos (1994) metáfora, al menos en su primera parte, de un oasis vital, existencial, espiritual, -como quiera quien lo lea- en donde todavía se conservan, aunque con amenaza de pérdida, algunas prácticas, ritmos, hablas con las que la voz hablante se identifica plenamente.
La primera parte “Encuentros” es un conjunto de 17 poemas, sostenidos en imágenes de gozo, encierro, pérdida, vuelo, inmovilidad, búsqueda, desencanto. Desde el poema “Esos pasos”, da lugar al azar, la incertidumbre y el posicionamiento de una palabra; la hablante dejará un espacio rural, en el que ve ya signos de pérdida y en donde ha experimentado gozo de fusión con lo natural, para desplazarse a otro que da inicio a una trayectoria poética y vital.

La segunda parte “Mares/Valles”, son 17 poemas de búsqueda que no se fijan en un tema sino que exploran imágenes, sensaciones, retazos biográficos. La referencia a una situación de encierro casi infranqueable, el espacio abierto de un afuera y la condición casi confinada de la hablante, se constituyen en la energía movilizadora que la lleva a desplazarse hacia otro espacio, amable y temido, cercano al mar. En su temple hay también un cambio. Las imágenes se vuelven más vertiginosas, el tono se quiebra, el ritmo se acelera. Aquí, los poemas iniciales “Huellas”, “Tormenta”, “Marejada”, “Cartagena, “Montegrande”, “Quebrada Alvarado”, refieren a un viaje, acompañado y solitario, poético y vital hacia espacios personales y culturales de valía para la hablante. Los poemas “Tormenta y “Marejada”, hablan de la búsqueda que se inicia, de las tribulaciones pasadas. El poema final, “Ojos buenos”, prueba el carácter cíclico del poemario, el retorno al lugar primigenio. De suerte que el título del poemario y la imagen materna que lo acompaña son el punto de inicio y llegada del viaje poético y vital de la  hablante. El  siguiente poemario  Visiones naturales, será una estación más en ese trayecto de vida y escritura de Axa Lillo.


VISIONES NATURALES

Desde su título nos habla de una rebelde y apropiada paradoja, se trata de visiones naturales, usurpándole la exclusividad léxica de las “visiones” al discurso hagiográfico o esotérico y tomándosela para la escritura poética, en tanto observación reconcentrada que traspasa y funde los niveles de ser y parecer de la realidad.
Este poemario se organiza en una dinámica estructura externa e interna. La externa está organizada en dos partes. Una primera nominada “Tomas exteriores”; una segunda innominada e intuida por mi lectura, que se iniciaría con una página portada que contiene una imagen circular en cuyo centro está la frase “Imagen extraviada”, en su parte inferior, el número romano IX; en el punto superior, una cruz que le da un connotativo y hondo peso simbólico.
La estructura interna, se organiza desde un adentro hacia afuera, espacio metafísico que refiere a experiencias de amor, desamor, libertad, identidad, introspección, viaje interior. Desde un espacio rural, con alcances arcádicos aunque no idealizados, a uno citadino y más referencial, que refiere a experiencias de la historia, la ciudad, la patria, la condición histórica.
Dos dedicatorias son una suerte de cerraduras que abrirán el espacio del texto: la primera dedicada “A Mercedes Orrego: por enseñarme a caminar de nuevo” habla de un segundo caminar y más propio, en el terreno de la escritura. Orrego, primera novelista mujer de la nación y una de las también primeras ensayistas. La segunda dedicatoria, “Gracias Altazor por permitirme el vuelo / Y tener mi propio paracaídas”, dedicada a Altazor, adhesión literaria y existencial, felicidad doble para Huidobro, por la lección aprendida y el desafío creacionista que asume la voz poética.

La primera parte se inicia con el poema “Cada pájaro en su canto” en que la hablante declara un orden gozoso, se arrima a la naturaleza y se aleja del orden humano: Me acerco a la naturaleza porque ella me limpia; / Hasta el litre es mi amigo y el guayacán no está / en extinción para mis ojos (…)

En “Vestida de azul” parece expresar una conciencia de pérdida. Hay una utilización de metáforas de ecos mistralianos “madre-tierra, “princesa juguetona y bailarina”, de nostalgia de madre y de asunción de la perspectiva de una maternidad vicaria: (…) Sueño con vestirte de azul / Princesa juguetona y bailarina.

“La flor de la ceniza” abre un espacio total, fusión de lo local y universal, el tono se acomoda, también la hablante. Se percibe un tono de satisfacción plena de un sujeto y su lugar: Me senté a contar las estrellas del planeta / -Quebrada Alvarado-.

En “Ese país que se inventa solo” encontramos una invención paralela a la historia y la naturaleza y en ella el cactus, anafórico cactus que inicia la ladera de los versos, nombrando la geografía y sus sustancias, las piedras los ríos, y acompañando el humano transitar en el calendario mayor de la naturaleza.

En “El sonido del agua” exterior e interior se buscan, se reconocen: lluvia, agua de los vientres. La unión utópica no se logra y los versos se construyen con un no que desea una condición, una incierta posibilidad. El agua es el elemento evocador de lo que fluye y su infinita connotación: (…) Pasaría sin que los hombres supieran / del sonido del agua en nuestros vientres.

Desde el poema “Detalle” notamos un cambio en el tono, un cierto desacomodo vital, el no lugar de la hablante, la acechanza de un afuera que se quiere y se rechaza: (…) Este escaparate-casa, este nido-país / esta ruca-fuego, esta humedad de otoño (…)

La experiencia subjetiva en “Fiesta de otoño” se inicia con la decidida e indicativa afirmación del primer verso, que se proyecta en infinitos deseos. Luego el abrupto cambio porque habrá que fabricarlo y la fiesta es entonces simulacro de rebeldía todavía cautiva en un interior: (…) Hacer una fiesta de este otoño / Vestirse de puntilla y zapatos hondos (…)

En “Amanecer” se abre un tiempo mítico ligado a la naturaleza, exigencia de una escucha esencial que desemboca abrupta en el lugar cotidiano, en el amor cotidiano, no es claro si con gozo o dolor: No se duerme la noche / es imprescindible escucharla (…)

“Verdadera” es una celebración de la hablante a sí misma, medida gozosa en el universo, un abrazo que trae un plural no exactamente humano, y la condición angélica deseada por la hablante: Me juzgo verdadera / capaz de recibir al sol / entre mis manos (…)

“Parque Brasil” nuevamente en la ciudad, en su neurálgico lugar, la plaza. Todo parece celebrar el antropocéntrico transcurrir, sin embargo se cuida de guardar distancia. Luego el súbito, abrupto, salto de perspectiva de la hablante, quien se une al mundo canino y desde allí reconoce su energía vital: (…) No pierdas la oportunidad de enriquecer / un fragmento de tiempo que piensas agotado / y  únete a la leva de perro que dice / Aquí  hay  vida.

“Mi Comala”, poema en el que escuchamos diálogos y ecos del Comala de Rulfo. En él la hablante reconstituye un itinerario vital que es nuevamente local y universal, cíclico, corporal. Su Comala, donde se encuentra y se pierde, como Juan Preciado en busca del padre. En él la hablante va en busca de la madre, experimenta su nacimiento, su parto y sus líquidos para desembocar en el río limachino, flujo cercano, fami-liar, vital: Vine a este lugar en busca de mi Comala (…)

“Llueve” es el último poema de la primera parte. Finalmente el otoño -nombrado matafóricamente- y la lluvia, tan evocados en poemas anteriores, se resuelven en una lluvia que parece inundarlo todo porque llueve sobre la naturaleza, la historia y, al parecer, sobre un retazo biográfico. Es una lluvia que borra, que acalla, que se vuelve símbolo de muerte. El reiterado número treinta de este poema puede estar indicando el número de poemas del poemario y el viaje de la vida a la muerte.
Como ya dijimos, la imagen con el texto “Imagen extraviada”, da inicio a la segunda parte que, es un viaje al extravío. Se trata de un poema límite, frontera entre las “Visiones naturales” y esta segunda parte innominada. Entre la cruz y su concentrada carga simbólica, y el número romano (IX) que  alude a una fuerte tradición, se abre el espacio del extravío, la borradura, el olvido, la visión disuelta, textualmente la “Imagen extraviada”.

Al anterior lo sigue un breve e intitulado poema que alude a la cesión, a la derrota o al triunfo mayor, a través de una dinámica imagen que refiere un viaje interior que funde los modos reflejo y recíproco: Porque a veces es necesario seguir el curso de las aguas/ Mar adentro me navego.

El poema “Mar” afirma la pasada condición de muerta, la salida al espacio abierto, la aventura de la libertad, sus riesgos, y las normativas violentando el viaje: (…) En el muelle suelto amarras / Me pierdo estremecida de búsqueda (…)

En “Ardiente” se construye una imagen desoladora y paradójica del silencio y la ventana, símbolo de conexión con lo otro; al parecer, un quiebre que no se nombra y una condición herida: Me pego a la ventana / nada es más ardiente que el silencio.

Un violento proceso de autoconciencia de su estado de soledad esencial, es lo que leemos e “Sin una gota en el espejo”. Si antes los recursos fueron el otoño, la lluvia, los pájaros; estos versos se sustantivan con cuchillos, sangre y fuego. Es, para la hablante, un proceso necesario para el reencuentro consigo misma. Este poema marca el punto medio del tránsito esencial que ésta realiza, la ilusoria correspondencia de imagen y ser que proyecta el espejo se ha roto. Se inicia entonces el proceso, al parecer fracasado, de correspondencia vital: Perdí el rastro y me conjugo sola (…)

De regreso del viaje que se ha venido construyendo en los poemas anteriores, en el titulado “Silencio”, se afirma que ha habido vuelta, que no se ha perdido todo, aunque lo recuperado está en precario estado y sin habla: Escuchen el silencio que yo vengo de vuelta.

La inefable búsqueda, la conciencia de ser solo palabra, la conciencia de una radical soledad, es lo expresado en el poema “Búsqueda”, ingrata búsqueda del inevitable y esencial anonimato. El abismo entre una subjetividad y el   mundo, parece haberse llevado a su punto de mayor tensión: (…) El mundo no me busca / y yo que lo he  buscado tanto.

El poema “Refugio” abre un espacio imaginario para un plural que puede ser reflejo o recíproco, consigo misma o con otro, que se goza en un adentro con sus propias leyes, tensionando los espacios del adentro y afuera: (…) En esta puerta que cerramos por dentro / porque no damos paso a la neblina.

En “Puzzzle”, las piezas son su cuerpo, en él vive el solitario juego de la recomposición de su ser, la honda reflexión que encuentra forma en dos lacónicos y absolutos versos: Estoy armando un puzzle en solitario / manía inevitable de desnudarme por las noches.

La condición herida es confesada en “Despertar”, una ansiedad de cuna y la apelación a un tú (materno). La hablante se sitúa en el tensionado espacio de una infancia carente y una adultez y estado actual no queridos. Quiere canciones de cuna pero no quiere dormirse por temor al despertar, es niña deseante y adulta atormentada. Lo que se expresó en uno de los primeros poemas “Vestida de azul”, versos claros de filialidad materna y telúrica, desembocan en la oscuridad de este poema final: Cántame canciones de cuna / No me dejes dormir.

Finalmente, el desplazamiento del espacio rural a la ciudad es tránsito invisible. Semáforos, rectanguladas y competencias, son objetos y estados que la hieren. Si en el poema “Origen” aparecía  por primera vez la idea de “venta”, en este poema final, “Ciudad”, en su estrofa final, se encadenan los verbos: venden, permutan, desinfectan; también un “perdonan” que es, más bien, humana sobrevivencia, para declarar huellas y cicatrices y la imagen acuarelada y desoladora de cierta llovizna que acompaña.

No hay comentarios:

Publicar un comentario